La pregunta del millón

La pregunta del millón debería estar presente en cada reunión que convocamos: ¿A qué pregunta estamos intentando respondernos? Muchas de las reuniones, en cambio, se abordan con el espíritu de conversar sobre el problemón del siglo. En ausencia de una pregunta que convoca a los presentes y aspira a hacer propuestas colectivas desde la inclusión y el compromiso con la ejecución, el problemón nos atrapa en una lucha egocida: mi propuesta vive a cambio de que la tuya muera.

La pregunta del millón es la pregunta-marco que envuelve nuestra colaboración. Tanto en coaching individual como de equipo no resulta operativo formular la pregunta con el «cómo»: ¿cómo hay que hacer para…? Las formulaciones en términos de resolución de problemas tienen un recorrido incierto. Los egos se vuelven a enzarzar en la legitimidad del problema. Una legitimidad trata de expulsar a otra. Las resistencias a las soluciones propuestas vuelven a aflorar.

Me creo entre «poco» y «muy poco» aquellos seminarios y talleres que formulan su propuesta de valor desde el «cómo» ¡¡Otro listo de turno que tiene la solución!! Me creo «nada» aquellos discursos que hablan de la complejidad como si fuera una mercadería, para acto seguido proponer soluciones definitivas a la complejidad. En los sistemas humanos la complejidad es tal porque puede haber tantas propuestas de soluciones como agentes intervienen. En los sistemas humanos no hay solución definitiva, más bien consensos de evolución, visión compartida sobre cómo cambiar la situación. Reconozco que las propuestas de solución definitiva venden más seguridad que capacidad para aprender. Y la seguridad es uno de los sucedáneos del aprendizaje.

La pregunta del millón deberá incluir tres dimensiones: una que apele a que la solución emerja desde la colaboración, una que apele a que la solución genere futuro, y una que apele a que la solución pueda ser ejecutada desde cualquier rol en el sistema.

¿Cuál es la pregunta del millón?