La guerra biológica perfecta

En un artículo en LinkedIn señalé que, a contrario del pronóstico hecho por grandes consultoras y economistas, respecto a que la recuperación adoptaría una forma en V (caída y rebote), o una en U (caída, estagnación y despegue), me atreví a pronosticar que será un escenario en forma de X. Las condiciones para el escenario X son las mismas que nutren la guerra biológica perfecta:

  • Virus mutante, con versiones más agresivas.
  • Degradación económica prolongada.
  • Propuesta de soluciones sintomáticas de los gobiernos.
  • Entendimiento de la libertad individual exonerada del respeto a la comunidad.
  • Acumulación de promesas y medidas políticas imposibles de entregar.
  • Atasco de servicios democráticos básicos: justicia, seguridad social, educación, sanidad.
  • Crecimiento de la pobreza y progresiva dependencia de los ciudadanos de sus gobiernos o de asociaciones caritativas.
  • Incremento de la frustración y oposición ciudadana a las sucesivas propuestas de las autoridades.
  • Confianza en la vacuna como solución mágica.
  • Empresarios y directivos asentados en el modelo de management preguerra (ej.: excesiva dependencia del contexto inmediato, nostalgia del beneficio pasado).
  • Crecimiento de la deuda pública y privada.
  • Baja colaboración entre los partidos políticos.
  • Empleados y ciudadanos en posturas regresivas y de evitación de la responsabilidad

¿Imaginó alguien tales condiciones? Contra la creencia instalada, la guerra biológica perfecta no aniquila biológicamente a toda la población, sino que induce suficientes condiciones en el sistema -biológicas, económicas, sociales, sanitarias, empresariales, políticas, laborales, culturales, emocionales- como para inducir el colapso.

Las autoridades político-sanitarias

Las autoridades político-sanitarias apuestan al caballo de la solución sintomática (confiar en el confinamiento y la distancia social para aplanar la curva de contagios, confiar en la promesa de la vacuna, confiar en el control central de la situación), obviando las condiciones y la pedagogía para la solución fundamental (transferir mayor responsabilidad inmuno-sanitaria a cada individuo, incrementar la frecuencia y las condiciones de higiene en el transporte público urbano, disponer de más unidades de pedagogía de cercanía, abordar la cuestión del alcoholismo mundano que nos hace tan dependientes de los bares, etc.).

En la guerra biológica perfecta los políticos, desde el marketing político, encadenan medidas paliativas (ayudas, escudos sociales, ERTE, etc.) que requieren un incremento significativo de eficiencia en el canal de entrega de estas. Como la inversión en el canal de entrega ha sido y es reducida (déficit de personal cualificado, déficit de tecnología digital, déficit de disponibilidad de horas, burocracia), las promesas se dilatan en el tiempo y acaban siendo atropelladas por nuevas promesas, pierden su eficacia, lo que contribuye a acrecentar el estrés y la frustración entre la población.

Los empresarios y los directivos

En el escenario de la guerra biológica perfecta empresarios y directivos presionan a las autoridades político-sanitarias para limitar el alcance de la solución sintomática, porque impacta en sectores clave (ej.: bares y restaurantes), pero sin contribuir ellos a propuestas o acciones para avanzar hacia la solución fundamental (ej.: incrementar la exigencia sanitaria). Unos temen presionar a sus clientes, otros entienden que la solución fundamental no forma parte de la responsabilidad social corporativa.

En el escenario de la guerra biológica perfecta vemos algunas marcas reputadas y otras insignificantes sobrepasando los límites de la ética, degradando las condiciones de empleo de sus empleados hasta límites insospechados sin que las autoridades de inspección pongan coto o sin que los empleados denuncien el abuso, tetanizados como están por el miedo.

En el escenario de la guerra biológica perfecta los empresarios y los directivos se niegan a validar la hipótesis de que el mercado (su mercado) queda difuminado o desaparece. Los mercados necesitan de la colaboración entre negocios para redibujarse pero esta colaboración resulta imposible llevar a cabo porque la competitividad está asentada en modelos culturales cerrados, basados en la autosuficiencia, en la presencia física como mecanismo de control, y en la identidad corporativa. La colaboración en ecosistema -local, territorial, nacional, mundial- es una quimera para muchos directivos acostumbrados a no compartir el poder porque ven cuestionado su ego. Es necesario un trabajo profundo de desarrollo personal para abordar la cuestión del miedo que conduce al control, a la propuesta de solución sintomática, y a la imposibilidad de desarrollar visiones amplias.

Los empleados y los ciudadanos

En el escenario de la guerra biológica perfecta, los empleados abdican de su responsabilidad, unos tras otros, desde el rol que corresponde a cada uno, por hastío, pereza, pérdida de sentido de comunidad o de ambición. Unos y otros acrecientan su cuota de frustración y de queja. Unos tras otros requieren ser excusados, exonerados, perdonados. Esperan todo de la sociedad dando poco ellos. Prefieren formar parte de los mártires que habrá que recompensar e incluso elevar a los altares.

En el escenario de la guerra biológica perfecta los ciudadanos se instalan en la queja, se dejan envolver por la tristeza, o se instalan en el egoísmo que enmascara su miedo. La pobreza económica va acompañada de pobreza emocional-relacional.

En la guerra biológica perfecta el «colaboracionismo» está en cada uno de nosotros. Todos somos potenciales «colaboracionistas»; es colaboracionista la cúpula militar, la política o la eclesiástica, cuando deciden vacunarse saltándose el protocolo establecido, para salvar su pellejo, dejando de ser modelos a seguir.

La colaboración -autocontrol, autoconciencia, autoresponsabilidad- es el camino para vencer al enemigo.